Entradas

Endecha

Quisiera yo decirte ahora que estás ausente que sin ti las estrellas arriba languidecen. Alto, en el firmamento, de antiguo incandescente ahora brilla tenue, mortecino y silente guardado  por cometas y una luna creciente el dormido astro rey. No me mires, ni empieces a decirme te quiero si no volveré a verte, si puede que no vuelvas, si los labios que bese no son tus mismos labios. Si no te tengo, vete lejos de mí y contigo todo aquello que anhele, todo aquello que duela, todo cuanto recuerde.  

Los contrabandistas del Callejón del Ahorcado (Parte 2)

  17 de junio de 2398 La noche estaba a punto de caer y aún quedaba un buen trecho a pie hasta Emerald City. Abandoné las cercanías del bar lo más rápido que pude. Recorrí el sendero amarillo hasta que el sol se puso por completo. Como había escapado tan apresuradamente no tenía nada que pudiese arrojar la más mínima luz, razón por la cual no habría sido prudente continuar el camino hasta Emerald City hasta pasada la noche.             Me encontraba a oscuras en un inmenso bosque de cemento con edificios caídos por doquier. Ruinas de una antigua y desconocida civilización que, si antaño albergó las vidas y esperanzas de quién sabe cuánta gente, hoy servía de refugio a saqueadores, alimañas y todo tipo de criaturas degeneradas que en algún momento fueron también humanas. Era urgente encontrar un refugio, pero debía ser cauteloso a la hora de elegirlo, pues un paso en falso supondría una muerte más que segura. Examinando las ...

Políticamente

  Adolece este mundo tales males, que a contarlos jamás me atrevería, de miseria, egoísmo e ideales que en vano, en fementida gallardía, juntando en nuevos lienzos los retales, de caduca y errática homilía, esgrimen en frenética batalla quebrando del buen juicio la muralla.   ¿Cabe alguna esperanza en este lío? ¿Puede soltar la espada el férreo nudo que ata las voluntades del gentío? ¿Puede la pluma de un poeta mudo enardecer, el día más sombrío, de un público gritón y testarudo, la mente que, a la libertad ajena, su vida a sus tiranos encadena?

Soneto nº 16

  Rompen sobre las rocas mansamente, en nieve desatada en un instante, de turquesa las aguas y diamante, del sol robando el brillo refulgente.   Braman, el cielo hiriendo intensamente, de Eolo ecos, ruido amenazante, y el sol junto al abismo, agonizante cae, cediendo a la luna lentamente.   En ímpetu colérico los mares cual leviatán las olas han alzado agitando del mundo los sillares   y de la costa, muro quebrantado, lamen, baten y arrasan los lugares donde, seguros, hombres han morado.

Los contrabandistas del Callejón del Ahorcado (Parte 1)

  17 de junio de 2398 Abrí los ojos. Nada del lugar en el que me encontraba me resultaba familiar. Nada salvo el dolor palpitante que atravesaba mi cráneo, el sabor de la sangre manando de mi boca y el inconfundible aroma a cerrado que casi podía paladearse en cualquiera de los edificios antiguos, como un funesto perfume que atestiguaba la caída de la antigua civilización. Me encontraba tendido en el suelo, maniatado, en algún oscuro lugar de las ruinas de la vieja ciudad. En aquel mar de tinieblas apenas podía reconocer las dimensiones del cuarto en que me hallaba. Sin embargo, a juzgar por el retumbar de mis propios jadeos, no debía de ser muy grande. — Estoy muerto— pensé.             Un grito atronador interrumpió el silencio— ¡Hildegard!¡Corre, Hildegard, ven aquí! —. Todo volvió a la calma.             —¡Hildegard! ¡Mueve tu culo hasta aquí ya! — gritó de nuev...